Ante la posibilidad de despedirse o de ver el cuerpo del fallecido, suelen surgir dos posturas incompatibles. Como se ve en entradas anteriores soy totalmente partidario de permitir e incluso animar que se vea el cadáver.
Junto a la falsa creencia de que la visión del cuerpo genera un recuerdo desagradable, una última imagen de la persona inapropiada. Lo cierto es que, como ya hemos comentado, este recuerdo nunca se produce hasta el punto de desplazar o sustituir otros recuerdos más gratos del fallecido. La fuerza real de este recuerdo depende, en realidad, de los prejuicios que se mantengan al respecto. Desde luego, una persona que a lo largo de su infancia y adultez haya oído decir una y otra vez que la visión del cadáver es perjudicial podría llegar a creer que es así y temer el momento de la despedida y consecuentemente evitarlo. O bien una persona ya obsesionada con la muerte podría ser vulnerable a esta imagen. Pero insistamos que estos son casos excepcionales, en los que comportarse con adecuada naturalidad, permitir que las personas expresen sus dudas y tomen sus decisiones, son las mejores formas de disipar los temores.
Existe además otro argumento prejuicioso en contra de contemplar el cuerpo muerto: el de la reacción de los allegados.
Algunas personas temen por los demás en el momento de ver el cuerpo. Temen, sobre todo, los gritos, el llanto, la agitación, los sofocos, incluso temen que puedan producirse desmayos y caídas. Anticipan una inundación de dolor en las personas que amaron al fallecido, y temen que esta inundación les resulte perjudicial.
Algunas personas, ante las lágrimas y muestras de dolor del una viuda, me han llegado a decir “¿ve cómo no deberíamos haberle dejado ver a su esposo? Mire cómo se ha puesto.”
Suponen estas personas que gritar, llorar, gemir, clamar al cielo, e incluso sofocarse, son graves signos de anormalidad. Pues no es así.
Ante un fallecimiento ¿qué nos queda sino este comportamiento para mostrar nuestro dolor? Ante todo hay que decir que mostrar el dolor que se padece no es signo de nada malo, ni de anormalidad, ni de debilidad, ni de enfermedad. Es simplemente la manifestación del dolor que, de todas maneras, se padece. No hay nada peligroso en gritar, ni en gesticular, ni en llenar de insultos al cielo y a la humanidad. Precisamente es saludable enfrentarse con ese tremendo dolor que aparentemente se desencadena, mucho más saludable que negarlo y guardarlo dentro de sí, para que con los años nos corroa. La persona que grita en el momento de ver al fallecido no sufre más ni se encuentra peor: solo grita más, y es consciente del dolor. Uno no está peor por llorar aparatosamente ante el difunto. Por el contrario, está mejor, o lo estará cuando, con el tiempo, crea que ya no es posible llorar más.
Pero nosotros, profanos y médicos, tendemos a pensar que quien más grita está peor, va a peor. Y, en conclusión, si favorecemos que rompa a gritar, lo ponemos peor. Pero no es así, insisto.
Estas reacciones son normales, entran dentro de lo esperable, y en ocasiones, de lo deseable. Indican que la persona viva a comenzado la dura tarea de trabajar su dolor para integrarlo en su vida, para llegar a ser mejor incluso con el dolor.
Es más peligroso, desde luego, no expresar el dolor en absoluto.
Además, expresar el dolor es un derecho totalmente legítimo, sobre todo en los lugares preparados para ello (¿qué mejor sitio que un tanatorio, donde uno va ser comprendido y tratado con normalidad, para desahogarse? Quizá solo exista un lugar mejor; el propio hogar, rodeado de nuestros seres queridos).
En realidad, cuando intentamos que una persona no vea el cadáver, podemos estar intentando que no enseñe su dolor, y cuando intentamos que una persona no muestre su dolor ¿no estamos intentado que no nos moleste? Tal vez quienes tratamos de huir somos nosotros. Intentamos, por tanto, que su dolor no nos contagie, no emocionarnos por lo que vemos, no aturdirnos con los gritos, o no enfrentarnos a una situación que pensamos no vamos a poder controlar.
Aparecen entonces situaciones frecuentes en los velatorios: el hijo que no quiere que el desconsolado viudo bese por última vez a su esposa, el familiar estricto que da indicaciones a todos de cuanto tiempo deben estar despidiéndose, el médico voluntarioso que administra sedantes antes de evaluar (ni diagnosticar) realmente al familiar angustiado, el sacerdote que resuelve la ceremonia cuanto antes, el funerario que no ofrece consuelo, etc.
Por debajo de todo eso no está solo el deseo de proteger al allegado de un dolor que parece peor si se manifiesta en toda su crudeza, sino de protegernos a nosotros del contagio de la emociones. Pensamos que, si la persona llora un minuto más, nosotros puede que también rompamos a hacerlo y parezcamos vulnerables, y hasta débiles. O bien nos inquieta pensar en el dolor de la muerte, por lo que tiene de pérdida, de nuestros seres queridos, o de nosotros mismos.
Por todas estas razones, no debemos coartar, ni impedir, ni siquiera tratar de convencer a quien haya perdido a un ser querido, para que no lo vea con la excusa de que se pondrá peor o de que lo pasará mal. Por supuesto que lo pasará mal, por supuesto que puede parecer que se derrumba. Pero con esa intensidad emocional desencadenada estaremos previniendo males mayores en el futuro. Prevendremos los duelos acumulados, los pensamientos recurrentes y hasta obsesivos de marchar con el fallecido, y las despedidas sincerar que quedan en el tintero y deberán terminarse luego.
Decididamente, despedirse del difunto contemplándolo por última vez, aunque esté muerto, es un acto de salud que debemos elegir o rechazar con libertad.
M.
P.D. Ante personas de salud muy delicada y escasos recursos mentales y sociales para afrontar la despedida se debe ser cuidadoso. El peligro de síncope o de forzar la salud del allegado, en este caso concreto, existe. La evaluación facultativa debe ser muy cuidadosa antes de aconsejar. En todo caso, debe quedar claro que prevalece la libertad del individuo adulto. Sin embargo, no conozco ningún caso registrado en que la crisis emocional de ver al fallecido haya roto la salud del allegado. En cambio, la investigación al respecto señala perfectamente que la negación de sentimientos, su evitación, la huida, y la falta de ritos de despedida son factores de riesgo que correlacionan con bajas laborales, y problemas somáticos muy complicados.
P.D.D. Es frecuente que se tema el desmayo de alguna persona en el acto de despedida ante el fallecido. La mayor parte de estos desvanecimientos son leves y se encuentran además asociados al cansancio, al haber dejado de comer, a la tensión, y al dolor, y no con ninguna afección física (cuando no, además, a la medicación ansiolítica). Descartando posibles casos de síncope real, subidas de tensión exageradas, o similares, que son extraordinariamente raros, estos desvanecimientos se resuelven con los procedimientos normales.
a) que dos personas solamente acompañen a la persona que pueda desmayarse. Por voluminosa que sea una persona, dos personas de complexión normal y jóvenes son capaces de frenar la caída y depositar al desmayado suavemente en el suelo. b) además, dos personas no agobian. Hay que evitar que el desmayado sea rodeado por una decena de personas deseosas de ayudar, de las que ocho se limitan a estorbar. c) aflojar la ropa con cuidado. d) buscar una postura segura, que evite atragantamientos. e) avisar al personal del tanatorio f) en caso de duda o persistencia, pedir ayuda profesional. Las directrices para los profanos son similares a las de la intervención de un socorrista ante la misma situación.