Arcosolium

El dolor que sientes ahora es parte de la felicidad pasada.

C.S. Lewis

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Nombre: M.
Lugar: Villalba, Madrid, Spain

Nací en Madrid y me crié en provincias, algunas de las cuales fueron una especie de destierro. Estudié Psicología atraido en parte por lo variado de su contenido. Volví a Madrid en busca de un pasado idílico inexistente y de nuevas oportunidades. Trabajo desde hace más de dos años en un Tanatorio. El contacto con la muerte ha cambiado mi vida. No soy creyente. Pertenezco a la Sociedad Tolkien Española.

domingo, septiembre 03, 2006

Sobre la cuestión de ver el cadáver VIII: en caso de suicidio.

Uno de los momentos en los que las medidas de prudencia, previas a la decisión definitiva de ver el cuerpo del fallecido, deben tenerse especialmente en cuenta es aquel en que el fallecimiento sea por suicidio.

Dado que existe cierta relación entre pensamientos y sentimientos de estrés post-traumático en personas que descubrieron al fallecido, resulta indispensable inducir en cuanto se pueda el hablar del hecho del suicidio.

Ante la duda de si ver el cuerpo del fallecido, lo aconsejable es permitirlo cuando los servicios funerarios ya hayan podido presentarlo adecuadamente, evitando la imagen más impactante de los posibles daños en el mismo y dándonos tiempo para anticipar las emociones. La opción, por tanto, nunca será la de no permitir que se vea, sino la de aplazarlo hasta que las circunstancias favorezcan una visión no traumática, tal y como se expone en el punto VI.

En pocas ocasiones esta en nuestra mano controlar el momento en que algún familiar contemple el cuerpo, ya que suelen ser ellos quienes descubren al fallecido o deben realizar la identificación posterior. Inexcusable será entonces hablar de lo ocurrido, del descubrimiento del fallecido, de sus circunstancias vitales, buscar el porqué sin pretender una respuesta inmediata, y usar palabras realistas, sin rodeos ni eufemismos, y sin negar u ocultar lo sucedido.

A pesar de lo que nos transmita nuestra cultura, el suicidio no un hecho vergonzoso: solo es trágico y doloroso. Si podemos acompañar a los allegados, insistiremos en esta idea, y tampoco evitaremos referirnos a los hechos tal y como ocurrieron, por doloroso que resulte en apariencia. Resulta mejor que la familia vea que se reacciona con suficiente naturalidad, sin culpar y sin pretender el ocultamiento. Por ejemplo, si el fallecido se ahorcó, no debemos evitar por sistema esta expresión, pues es la que corresponde a lo ocurrido. Evitarla solo conduce a favorecer un velo de silencio y vergüenza que ya de por sí va a ser suficientemente intenso, aunque tratemos de luchar contra él.

Recordemos además, que en los casos de suicidio los sentimientos de confusión o ira son más frecuentes y difíciles de asumir.

viernes, agosto 18, 2006

Sobre la cuestión de ver el cadaver VII: la incertidumbre

Otra situación intensa relacionada con la decisión de la familia de ver o no al fallecido se produce cuando los deseos de los dolientes entran en conflicto con los deseos de la persona ya fallecida.

Este es el caso en el que el fallecido, antes de morir, manifiesta expresamente (y a veces hasta prohibe) que se le vea, o que se le vele.

En estas situaciones los familiares y allegados sufren cierto conflicto interno. Por un lado, se sienten mal por no poder despedirse, tal y como desean y sus sentimientos les piden. Por otro, desean cumplir con los deseos de la persona fallecida, y no hacerlo les inquieta.

La decisión no es fácil. Es verdad que todos los datos presentados aconsejan la visión del fallecido, pero no es menos cierto que la decisión es sumamente personal.

Estamos en una de esas situaciones en las que, sea cual sea la decisión, las consecuencias pueden ser incómodas. Los sentimientos de culpa podrían aparecer con cualquiera de las dos opciones.

La premisa, para cualquiera de nosotros debe ser la siguiente: decida lo que se decida, esa decisión es la correcta, sencillamente porque lo es para nosotros.

En todo caso, tomar una decisión no debe suponer imponerla a otros dolientes y allegados.

Cumpliendo estas dos condiciones, la decisión solo puede ser beneficiosa, porque lo importante en este caso es hacer desaparecer y prevenir cualquier culpa originada por lo que se haya decidido.

domingo, agosto 06, 2006

Sobre la cuestión de ver el cadaver VI: precisiones

Suele la práctica matizar un tanto el conocimiento académico. En el caso de la necesidad de ver el cadaver del ser querido, la práctica genera dudas que no se resuelven hasta haber meditado un poco sobre ellas. Por ejemplo: Puede que sea beneficioso contemplar el cuerpo fallecido pero ¿en qué momento? Hablamos de los casos en el que la muerte repentina permite a los allegados acceder al difunto prácticamente a poco de fallecer, y además se espera un adecuado tratamiento estético del mismo y su exposición en velatorio en un plazo razonable. En este caso, puede que antes de su exposición, el fallecido tenga muy mal aspecto o se encuentre en mal estado. Así que, como profesional ¿permito y animo contemplar el cuerpo en mal estado o, por el contrario, lo desaconsejo en espera de que el personal de la fuenraria haya preparado al difunto haciendo más fácil la contemplación?

La respuesta no es sencilla. Por un lado, todo fallecimiento es una crisis para los supervivientes, y siguiendo la Ley de Hansel


La efectividad de un servicio de intervención en crisis aumenta de modo directo en función de su proximidad tanto al tiempo como al lugar del incidente de crisis.


De lo que se deduce que cuanto antes comience el trabajo de duelo desencadenado por la visión del fallecido, mejor. Pero aún así, el desencadenar el trabajo de duelo mediante la visión del cuerpo debería ahorrarse la crueldad derivada de un cuerpo destrozado o ensangrentado.

En estos casos ¿qué hacer?

Una vez más, tal y como hemos considerado en los puntos anteriores, la norma básica es permitir ver el cuerpo, y sobre esta norma que hace de línea base se abren las excepciones. Se habló de que persona allegada no quisiera ver el cuerpo. Y hay otra excepción: que no sea el momento adecuado.

Si no es el momento adecuado, deberemos aplazar la contemplación del cuerpo hasta que lo sea, o hasta que la persona tome una decisión libre al respecto, que se apoyará en todo momento.

Que sea o no el momento adecuado para ver el cuerpo del fallecido parece depender de varias circunstancias:

a) Que se trate de un lugar que permita garantizar la seguridad física del allegado.

b) Que la persona allegada considere que ese es el momento.

c) Que la persona allegada no esté sola, ni se vaya a quedar sola en los momentos siguientes.

d) Que el grado de desfiguración del cuerpo sea aceptable por el allegado.

e) Que se haya hablado con el allegado y explicado adecuadamente lo que va ver, anticipando sus respuestas de dolor.

Una vez valorados estos puntos, si el familiar del fallecido continúa deseando ver a su ser querido, se le debe consentir. Si la valoración no es positiva en todos y cada uno de los puntos descritos, aconsejo que se aplace la contemplación del cuerpo hasta que se cumplan las condiciones adecuadas.

Por otro lado, no olvidemos que el poder ver al ser querido fallecido es un DERECHO de los dolientes que no puede ser conculcado facilmente.

Incluso en el caso de familias con miembros hostiles entre sí, está claro que debe establecerse una negociación para que todos tengan su oportunidad de despedirse, aunque sea turnándose sin encontarrse unos con otros. Este derecho es mayor en el caso de familiares en primera línea de consanguineidad, pero eso no evita que familiares en otras lineas de cercanía, o amistades, o parejas, hayan establecido intensos vínculos con el fallecido y posean también cierto derecho moral a despedirse adecuadamente mediante la visión del fallecido, por lo menos.


Un saludo.

Guía de Duelo

A continuación, un enlace a la guía de duelo que se hizo en el tanatorio en el que trabajo. Es muy sencilla. En realidad está pensada para que personas con un alto grado de angustia o ansiedad por un duelo reciente la puedan leer sin perderde. Así mismo, se creyó conveniente no entrar en tecnicismos para favorecer la comprensión por un ámplio rango de personas. Por eso hay quien lo encuentra un tanto escaso de contenido.


Guía de Duelo

lunes, julio 31, 2006

Sobre la cuestión de ver el cadaver V: referencias

Argumentar o explicar no sirve, en ocasiones, si la propia opinión no se encuentra refrendada por personas de suficiente autoridad. Algunas veces, respecto a que la persona contemple en cadáver de su allegado fallecido, he tenido que sostener la idoneidad de esta decisión frente a familiares, médicos y sacerdotes. Estos dos últimos grupos suelen, con alguna frecuencia, invocar argumentos de autoridad basados en sus propias áreas de conocimiento para impedir al familiar ansioso la visión del cuerpo muerto. El momento en que se hace patente la discrepancia nunca es el adecuado para exponer adecuadamente en qué baso para mi decisión de animar y favorecer el que se vea el cadáver. Las referencias que cito a continuación están destinadas a solventar en parte estas discusiones.

Todas las citas que a continuación se transcriben se refieren exclusivamente a este asunto. Es posible que algunas parezcan descontextualizadas, pero la duda sobre su oportunidad se puede resolver leyendo los textos de referencia, cuya fuente se incluye. Así, Jorge L. Tizón, Psiquiatra y Psicólogo, Director de la Unidad de Salud Mental del Instituto Catalán de la Salud, que imparte en la Universidad Ramón Llull la asignatura Duelo y Psicopatología, en su manual Pérdida, pena, duelo: vivencias, investigación, asistencia, indica lo siguiente:

"Hay que recordar que tienden a complicar el duelo las situaciones en la cuales no se llega a ver al muerto". (Pag. 201)

"[...] entre los 6 y los 11 años, los niños ya conciben la muerte como algo irreversible y universal [...] si lo desean o la situación no es muy dramática, pueden ver el cuerpo." (pag. 251)

"Tipos de intervención en momentos de los procesos de duelo en niños: [tabla 9.45] que pueda ver al muerto (si él mismo o un progenitor no se oponen cerradamente), que pueda despedirse de quien se va". (pag. 545)


Ante la muerte perinatal, afirma que:

"No ver al hermano muerto hace la pérdida menos real, más fantasmática, más sujeta a fantasías inconscientes y concientes de los hermanos, a veces sumamente terroríficas o culposas" (pag. 717)

Y en caso de aborto, lo siguiente:

"No está claro si ver el feto es una ayuda en la elaboración, aunque sí está claro en caso de muerte perinatal —siempre que el niño no haya quedado demasiado desfigurado o maltrecho—".


Así mismo, Tizón cita a D. Black, investigador sobre el duelo, que afirma en su artículo Bearement children: family intervention publicado en Recent research in developmental psychopathology, paginas. 179-187, lo siguiente:

"Es beneficioso que los niños vean al progenitor muerto, vayan a los funerales u otros rituales, oigan respuestas sensatas a sus preguntas y dudas al respecto"

(Tomado de J.L Tizón).


Jochen Jülicher, Capellán de Hospital, grado en Teología por Tilburg, y con mucha experiencia a sus espaldas con personas ante la muerte, afirma:

"Recomiendo a todo el mundo que, a poco que puedan, contemplen una vez más el cadáver de la persona fallecida, permanezcan a su lado y se despidan de manera plenamente consciente."

(Todo volverá a ir bien, pero nunca será como antes: el acompañamiento en el duelo, pag 27.)


C. Fauré, Psiquiatra del Hospital del Instituto Pasteur de París, en su libro Vivir el duelo: la pérdida de un ser querido, es igualmente claro al respecto:

"Es importante comprobar por sí mismo que la persona querida está realmente muerta: es una de las condiciones esenciales para una progresión armoniosa en el trabajo del duelo. Ver el cadáver inanimado es un medio de superar el primer nivel mencionado: reconocer la pérdida" (pag. 49)



J.W. Worden, Profesor de Psicología en la Harverd Medical School y la Rosemead School of Psychology (California), uno de los investigadores de mayor prestigio en la actualidad, ha escrito lo siguiente en su manual El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia":

"Ver el cuerpo de la persona fallecida ayuda a darse cuenta de la realidad y de la finalidad de la muerte. Cuestiones sobre si se celebra un velatorio o si el ataúd permanece abierto o cerrado son producto de las diferencias regionales, étnicas y religiosas. Sin embargo hay una ventaja importante en el hecho de que los miembros de una familia vean el cuerpo del fallecido, ya sea en la funeraria o en el hospital. Incluso en el caso de que lo incineren (y parece haber un interés cada vez mayor en el uso de este procedimiento) [...]"


De nuevo en nuestro idioma, el doctor J. Ignacio Montoya Carrasquilla, Director Médico de la Unidad de Demencias y de Cuidados Paliativos (Hospice Care) del Centro Geronto-Geriatrico "Reloj de Arena", Medellín (Colombia), que ha trabajado en la Unidad de Duelo de la Funeraria San Vicente, en la misma ciudad, indica que:

"Después de que la respuesta inicial ha disminuido, es importante que a la familia se le ofrezca la oportunidad de estar a solas con el cuerpo del difunto: esto puede ser confortante y refuerza la realidad."

(Yo mismo he sido alumno suyo El texto completo puede encontrarse en internet).



Rosette Poletti y Bárbara Dobbs, enfermeras de cuidados paliativos (Bárbara por la City University de Nueva York, y Rosette tiene dos masters en enfermería) han publicado también un pequeño libro sobre el duelo, en el que dicen:

"¿Debemos permitir que el niño vea un cadáver? Si expresa este deseo y lo hace acompañado de un adulto, la experiencia puede resultarle muy enriquecedora. Dependiendo de su edad, así como de la disponibilidad de su entorno, incluso puede ser importante que le propongamos que vea a la persona fallecida, pero sin forzarle [...]"(Pag. 74)

"Ante todo, estos ritos sirven como confirmación de la realidad de la pérdida. Ver el cuerpo de la persona fallecida, pasar un rato a su lado, todo ello permite que el inconsciente pueda impregnarse de esta realidad: él o ella está muerto/a." (pag. 106)

"¿Es recomendable ver el cuerpo de una persona fallecida de forma repentina?

¿O es mejor conservar la imagen de cuando esta todavía estaba llena de vida? Las personas que poseen una amplia experiencia en el ámbito de acompañamiento de las personas que atraviesan un proceso de duelo se muestran generalmente muy tajantes en lo que se refiere a ver al difunto: la vista del cuerpo, por muy penosa que sea, facilita la realidad del hecho y, por consiguiente, el luto. Ver al difunto permite que la persona que se encuentra en un proceso de duelo pueda expresar sus sentimientos; ofrece la posibilidad de poder tocar el cuerpo e incluso besarlo y ayuda a que ésta tome conciencia de la realidad: aquel (o aquella) a quien amo está muerto.
Con frecuencia, la imagen que podamos conservar del fallecido será una imagen, entre otras, de esta persona [...]

Con respecto a los niños, si estos así lo desean, sería recomendable que se les dejase ver el cuerpo." (pag. 155)



Una de las mayores autoridades en este campo, y quizá la autora más citada y reconocida en el mismo (es difícil encontrar algún texto en el mundo que no valore sus aportaciones) afirma lo que sigue:


"Si está mutilado [el niño fallecido], aparece siempre alguien que se encarga de que los padres no vean el cuerpo —o trata de disuadirlos— para evitar “trastornos”. ¡Qué poco conocen la naturaleza y la fortaleza humana! [...] alguien con buena voluntad debería arreglar el cuerpo de manera que los miembros de la familia pudieran ver los restos, para afrontar la realidad: “Sí, este es mi hijo, mi hija”. [...] Los que se han enfrentado a la muerte repentina de un ser querido y no pudieron ver su cuerpo, tardan mucho más en superar su proceso doloroso; a menudo permanecen en un estado de negación durante años o décadas."

Y llega a ser mucho más directa:

"Como dijimos antes, en los casos en que hay que enfrentarse a la muerte súbita de un ser querido es primordial ver el cuerpo."

(Elizabeth Kübler-Ross, psiquiatra, Los niños y la muerte).


Y, finalmente, para no sobre cargar esta entrada, ya de por sí muy larga, citaremos a uno de los autores más avanzados al respecto: Allan D. Wolfelt. En su manual “Interpersonal Skills Training: A Handbook for Funeral Staff” encontramos lo siguiente:

"Viewing the body of someone loved also can be a positive experience. Adults would do well to remember that children have not innate fears about the death body. Seeing the body provides an opportunity to say “good-bye” and helps prevent fears that are often much worse than reality. As with attending the funeral, however, seeing the body should not be forced."


Que en español es:

contemplar el cuerpo de alguien querido puede ser, además, una experiencia positiva. Los adultos harían bien en recordar que los niños no tienen un miedo innato a un cuerpo muerto. Ver el cuerpo da la oportunidad de decir adiós y ayuda a prevenir miedos que a menudo resultan ser mucho peores que la realidad. Del mismo modo que la participación en el funeral, la visión del cuerpo no debe ser forzosa.

(La traducción es mía).

Wolfelt es Tanatólogo Clínico, master y doctor en tanatología, consultor de funerarias, director del Center for Loss and Live Transition, en Fort Collins, Colorado (EE.UU.), y autor de numerosos estudios y libros sobre la muerte.

Como se puede observar, entre las personas que he citado se encuentran médicos, enfermeras, sacerdotes, investigadores y técnicos. A ellos puedo sumar mi propia experiencia, que confirma sus aseveraciones. No podemos decir, como a veces ocurre, que se trate de personas encerradas en sus centros de investigación y poco cercanos a la realidad física de la aflicción y el duelo. Por el contrario, todos han vivido en persona situaciones muy duras de anticipación de la muerte y de consuelo, además de contar con su formación académica. Espero por tanto, que estas citas sirvan de guía y refuercen el hacer tantos otros profesionales o profanos que se encuentren en la tesitura de la despedida. Aprovecho a agradecer a todos ellos su dedicación a los demás, y confío en que me perdonen por atropellar sus citas sin consideración.



Sobre la cuestión de ver el cadaver IV: reacciones

Ante la posibilidad de despedirse o de ver el cuerpo del fallecido, suelen surgir dos posturas incompatibles. Como se ve en entradas anteriores soy totalmente partidario de permitir e incluso animar que se vea el cadáver.

Junto a la falsa creencia de que la visión del cuerpo genera un recuerdo desagradable, una última imagen de la persona inapropiada. Lo cierto es que, como ya hemos comentado, este recuerdo nunca se produce hasta el punto de desplazar o sustituir otros recuerdos más gratos del fallecido. La fuerza real de este recuerdo depende, en realidad, de los prejuicios que se mantengan al respecto. Desde luego, una persona que a lo largo de su infancia y adultez haya oído decir una y otra vez que la visión del cadáver es perjudicial podría llegar a creer que es así y temer el momento de la despedida y consecuentemente evitarlo. O bien una persona ya obsesionada con la muerte podría ser vulnerable a esta imagen. Pero insistamos que estos son casos excepcionales, en los que comportarse con adecuada naturalidad, permitir que las personas expresen sus dudas y tomen sus decisiones, son las mejores formas de disipar los temores.

Existe además otro argumento prejuicioso en contra de contemplar el cuerpo muerto: el de la reacción de los allegados.

Algunas personas temen por los demás en el momento de ver el cuerpo. Temen, sobre todo, los gritos, el llanto, la agitación, los sofocos, incluso temen que puedan producirse desmayos y caídas. Anticipan una inundación de dolor en las personas que amaron al fallecido, y temen que esta inundación les resulte perjudicial.

Algunas personas, ante las lágrimas y muestras de dolor del una viuda, me han llegado a decir “¿ve cómo no deberíamos haberle dejado ver a su esposo? Mire cómo se ha puesto.”

Suponen estas personas que gritar, llorar, gemir, clamar al cielo, e incluso sofocarse, son graves signos de anormalidad. Pues no es así.

Ante un fallecimiento ¿qué nos queda sino este comportamiento para mostrar nuestro dolor? Ante todo hay que decir que mostrar el dolor que se padece no es signo de nada malo, ni de anormalidad, ni de debilidad, ni de enfermedad. Es simplemente la manifestación del dolor que, de todas maneras, se padece. No hay nada peligroso en gritar, ni en gesticular, ni en llenar de insultos al cielo y a la humanidad. Precisamente es saludable enfrentarse con ese tremendo dolor que aparentemente se desencadena, mucho más saludable que negarlo y guardarlo dentro de sí, para que con los años nos corroa. La persona que grita en el momento de ver al fallecido no sufre más ni se encuentra peor: solo grita más, y es consciente del dolor. Uno no está peor por llorar aparatosamente ante el difunto. Por el contrario, está mejor, o lo estará cuando, con el tiempo, crea que ya no es posible llorar más.

Pero nosotros, profanos y médicos, tendemos a pensar que quien más grita está peor, va a peor. Y, en conclusión, si favorecemos que rompa a gritar, lo ponemos peor. Pero no es así, insisto.

Estas reacciones son normales, entran dentro de lo esperable, y en ocasiones, de lo deseable. Indican que la persona viva a comenzado la dura tarea de trabajar su dolor para integrarlo en su vida, para llegar a ser mejor incluso con el dolor.

Es más peligroso, desde luego, no expresar el dolor en absoluto.

Además, expresar el dolor es un derecho totalmente legítimo, sobre todo en los lugares preparados para ello (¿qué mejor sitio que un tanatorio, donde uno va ser comprendido y tratado con normalidad, para desahogarse? Quizá solo exista un lugar mejor; el propio hogar, rodeado de nuestros seres queridos).

En realidad, cuando intentamos que una persona no vea el cadáver, podemos estar intentando que no enseñe su dolor, y cuando intentamos que una persona no muestre su dolor ¿no estamos intentado que no nos moleste? Tal vez quienes tratamos de huir somos nosotros. Intentamos, por tanto, que su dolor no nos contagie, no emocionarnos por lo que vemos, no aturdirnos con los gritos, o no enfrentarnos a una situación que pensamos no vamos a poder controlar.

Aparecen entonces situaciones frecuentes en los velatorios: el hijo que no quiere que el desconsolado viudo bese por última vez a su esposa, el familiar estricto que da indicaciones a todos de cuanto tiempo deben estar despidiéndose, el médico voluntarioso que administra sedantes antes de evaluar (ni diagnosticar) realmente al familiar angustiado, el sacerdote que resuelve la ceremonia cuanto antes, el funerario que no ofrece consuelo, etc.

Por debajo de todo eso no está solo el deseo de proteger al allegado de un dolor que parece peor si se manifiesta en toda su crudeza, sino de protegernos a nosotros del contagio de la emociones. Pensamos que, si la persona llora un minuto más, nosotros puede que también rompamos a hacerlo y parezcamos vulnerables, y hasta débiles. O bien nos inquieta pensar en el dolor de la muerte, por lo que tiene de pérdida, de nuestros seres queridos, o de nosotros mismos.

Por todas estas razones, no debemos coartar, ni impedir, ni siquiera tratar de convencer a quien haya perdido a un ser querido, para que no lo vea con la excusa de que se pondrá peor o de que lo pasará mal. Por supuesto que lo pasará mal, por supuesto que puede parecer que se derrumba. Pero con esa intensidad emocional desencadenada estaremos previniendo males mayores en el futuro. Prevendremos los duelos acumulados, los pensamientos recurrentes y hasta obsesivos de marchar con el fallecido, y las despedidas sincerar que quedan en el tintero y deberán terminarse luego.

Decididamente, despedirse del difunto contemplándolo por última vez, aunque esté muerto, es un acto de salud que debemos elegir o rechazar con libertad.

M.

P.D. Ante personas de salud muy delicada y escasos recursos mentales y sociales para afrontar la despedida se debe ser cuidadoso. El peligro de síncope o de forzar la salud del allegado, en este caso concreto, existe. La evaluación facultativa debe ser muy cuidadosa antes de aconsejar. En todo caso, debe quedar claro que prevalece la libertad del individuo adulto. Sin embargo, no conozco ningún caso registrado en que la crisis emocional de ver al fallecido haya roto la salud del allegado. En cambio, la investigación al respecto señala perfectamente que la negación de sentimientos, su evitación, la huida, y la falta de ritos de despedida son factores de riesgo que correlacionan con bajas laborales, y problemas somáticos muy complicados.

P.D.D. Es frecuente que se tema el desmayo de alguna persona en el acto de despedida ante el fallecido. La mayor parte de estos desvanecimientos son leves y se encuentran además asociados al cansancio, al haber dejado de comer, a la tensión, y al dolor, y no con ninguna afección física (cuando no, además, a la medicación ansiolítica). Descartando posibles casos de síncope real, subidas de tensión exageradas, o similares, que son extraordinariamente raros, estos desvanecimientos se resuelven con los procedimientos normales.

a) que dos personas solamente acompañen a la persona que pueda desmayarse. Por voluminosa que sea una persona, dos personas de complexión normal y jóvenes son capaces de frenar la caída y depositar al desmayado suavemente en el suelo. b) además, dos personas no agobian. Hay que evitar que el desmayado sea rodeado por una decena de personas deseosas de ayudar, de las que ocho se limitan a estorbar. c) aflojar la ropa con cuidado. d) buscar una postura segura, que evite atragantamientos. e) avisar al personal del tanatorio f) en caso de duda o persistencia, pedir ayuda profesional. Las directrices para los profanos son similares a las de la intervención de un socorrista ante la misma situación.

sábado, julio 29, 2006

Sobre la cuestión de ver el cadaver III: nacidos muertos

Ya hemos comentado un poco las dificultades que puede experiementar una madre que haya perdido prematuramente a su hijo. Suele ser costumbre en los hospitales del área anglosajona permitir a la madre cuyo bebé haya nacido muerto que esté con su hijo. Se le permite abrazarlo, despedirse y ponerle nombre. Este último punto es muy importante, porque permite su definición como persona psicológica para la madre, con todas las expectativas, planes, e ilusiones que se hubieran producido y que quedan de pronto, apagadas.

Sin entrar en disquisiciones metafísicas sobre hasta qué punto un bebé nacido muerto es una persona (legalmente hacen falta veinticuatro horas de vida para ser considerado persona física, entre otras circunstancias), lo cierto es que para el duelo, la atribución de naturaleza de persona ya se ha producido. De hecho se produce desde la concepción. Para la madre, y para el padre, por tanto, la construción del mundo personal y afectivo ya se ha desencadenado y es equivalente en toda medida al que se desencadena si el bebé hubiera vivido. La muerte del bebé, por tanto, supone un duelo legítimo e intenso que debe ser atendido.

Así, al permitir a la madre la configuración completa de su hijo como persona psicológica, como objeto de cariño perdido, dotándole de una identidad lo más completa posible, lo que estamos haciendo es situar las bases de un trabajo de duelo normal y adecuado.

En este sendo, por tanto, es totalmente aconsejable que el persona sanitario, médicos, enfermeras, o matronas, permita, e incluso anime, una despedida formal y en directo del bebé fallecido.

miércoles, julio 26, 2006

Sobre la cuestión de ver el cadaver II: los niños.

Por lo general, la opinión de que el niño no debe o no puede ver el cuerpo de la persona difunta está más extendida, incluso, que en caso de los adultos. Primero porque en niño no suele protestar: hace lo que le mandan; y en un ambiente de dolor tratará siempre, instintivamente, de evitar nuevas tensiones a los adultos que le rodean. Así que no ofrecerá resistencia aunque desee hacer otra cosa. Los adultos, en cambio, suelen decir sus preferencias, aunque luego otros adultos intervengan para frustrarlas.

La linea base de actuación con niños ante un deceso debe consistir necesariamente entre tres puntos clave:

-Conocer la capacidad del niño para afrontar la situación de ver al fallecido.

-Conocer el deseo del niño de ver o no al fallecido.

-Explicar claramente al niño qué se va encontrar y en qué consiste la situación.


En mi experiencia, que reconozco limitada, he encontrado que por lo general los niños no suelen preguntar ni demandar nada para lo que no estén preparados. Es el caso de un chico de catorce años que quiso disponer de las cenizas de su padre alcoholico fallecido. El resto de la familia no se lo permitió, pero él sí que estaba preparado para ello.

La capacidad para entender la muerte y poder decidir al respecto de la participación en los rituales depende de que el niño haya desarrollado el concepto de muerte, que suele estar solo parcialmente completo. El concepto de muerte adulto se compone de cinco partes:

1º En la muerte el cuerpo ya no funciona.

2º Con la muerte el fallecido ya no siente (ni frio, ni calor, ni dolor,...)

3º La muerte es universal. (Todos moriremos).

4º La muerte es inevitable. (No se puede evitar morir).

5º La muerte es irreversible. (La muerte no tiene solución).


Los puntos 1º y 2º se refieren a aspectos que se entiende muy temprano y es muy posible que niños, incluso muy pequeños (menores de ocho años) puedan entenderlos. Conforme se crece, se adquieren las demás partes del concepto hasta conformar el concepto total adulto, pero no existe un orden preciso ni tajante respecto a esta adquisición, que puede confundirse, o desarrollarse en paralelo, o estar más avanzada en un punto que en otro.

Por eso es necesario saber hasta qué punto el niño puede enfrentar al situación de despedida. Una buena guía de todo ello es permitir al niño que haga preguntas sobre la muerte, el sepelio, o los sentimientos de la personas: si es capaz de hacer la pregunta, el niño será capaz de entender en buena medida una respuesta realista y adaptada a él. En este punto es ABSOLUTAMENTE NECESARIO ser sinceros en nuestras respuestas. Reconocer cuando no se sabe algo, o se duda de ello. No mentir nunca (una opción es pedir tiempo para pensar sobre ello). No recurrir a respuestas que se refieran a la fe o a las creencias si no se tiene de verdad confianza en ellas (la sinceridad con el niño comenzará con la sinceridad con uno mismo).

A partir de ahí, entra en juego la autonomía del niño: ofrecerle participar en el rito, despedirse y acompañar en la despedida, que él elija algunas flores, o parte de la música. Si el fallecido era alguien muy cercano a él, que pueda asistir a las ceremonias, incluido el entierro, que opine sobre la música, o que esparza una porción de las cenizas si estas se llevan a campo o al mar. También puede escribir una carta, o ayudar a seleccionar poemas. Las opciones son amplias.

Y, desde luego, dentro de la máxima participación posible está el ofrecerle (no forzarle) poder contemplar a la persona fallecida.

lunes, julio 24, 2006

Sobre la cuestión de ver el cadáver I: recuerdos de la persona fallecida.

Una de las mayores discrepancias que observo habitualmente entre en sentido común y lo saludable se refiere a la cuestión de si se debe ver el cuerpo del fallecido o no. Quienes prefieren no enfrentarse con esta situación suelen argumentar los mismos tópicos, uno de ellos es que es mejor recordar al fallecido tal y como era, en lugar de con el desagradable aspecto que se produce tras su muerte.

Antes de comentar la falacia de esta idea diré que la línea de actuación básica es permitir y favorecer la contemplación del cuerpo, y sobre esta línea base se pueden establecer excepciones, que comentaremos, pero que no son más que excepciones sobre la norma.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que aunque uno recuerde perfectamente la imagen de la persona ya fallecida, este recuerdo no es en absoluto el recuerdo dominante que se tendrá de la persona. El recuerdo del cuerpo muerto se integrará con otros recuerdos del fallecido, dando sentido completo a la trayectoria vital del finado. Dicho de otro modo, es prácticamente imposible que el recuerdo del cuerpo muerto anule o difumine los otros recuerdos del fallecido cuando estaba vivo. Haría falta un grave trastorno mental previo de la persona allegada para que la visión del fallecido desestabilizara sus recuerdos hasta convertirse en algo obsesivo, y esto es, como hemos dicho, muy muy raro. En la mayoría de las personas, la visión del fallecido pasa a formar parte del corpus de recuerdos normales y lógicos del muerto. Así que la primera de las ideas enumeradas antes es fundamentalmente falsa.

Pero claro ¿Qué sucede cuando el cuerpo del fallecido está muy deteriorado o simplemente destrozado? En este caso, la línea de actuación es la misma: es mejor permitir verlo, aun a riesgo de implantar un recuerdo ingrato en el allegado. A parte de que las técnicas de reparación y reconstrucción del cuerpo (tanatopraxia) deberían permitir a cualquier funeraria moderna la exposición del fallecido con ciertas garantías, también suele ser posible la contemplación de parte de fallecido: un brazo, una mano,...

Antes hemos hablado de excepciones sobre la regla. La excepción para la contemplación o visión del cuerpo fallecido es una: que la persona allegada no quiera o tenga dudas suficientes sobre esto. En este caso, jamás se debe intentar forzar o convencer a la persona de que lo haga. Una simple sugerencia es más que suficiente. No es necesario perseguir con argumentos a la viuda o al hijo; si no quiere, no quiere, y su decisión libre debe prevalecer y ser apoyada como correcta en todo momento. Del mismo modo, si es deseo del allegado es despedirse del difunto en persona, contemplando el cuerpo muerto mientras se piensa en él, se habla con él, o incluso se le besa, debe permitírsele cumplir su deseo.

Para completar el porqué de esta afirmación me limitaré a recordar que las personas que no confirman el fallecimiento del ser querido sufren más por la incertidumbre que quienes logran confirmar sus temores. La pregunta es sencilla ¿Quiénes lo tienen peor? ¿Las madres a quienes se les ha muerto un hijo o aquellas que han sufrido su desaparición y nunca sabrán qué ha sido de él? Todos los datos científicos al respecto indican que es más difícil trabajar un duelo ante la incertidumbre que otro en el cual la pérdida se ha confirmado. En este caso, yo diría que el sentido común también coincide en sus conclusiones.